miércoles, 25 de julio de 2018

Claude Lanzmann: Solo existe la vida

Claude Lanzmann, el hombre que retrató la imagen indecible del Holocausto

Luis Martínez – 5 Julio 2018



La breve fábula de Silvina Ocampo con la que Claude Lanzmann inicia su apasionante y tardío libro de memorias habla de una liebre que corre confundida entre una nube de perros.

-      ¿Adónde vamos? -gritaba la liebre, con voz temblorosa, de relámpago.

-      Al fin de tu vida -gritaban los perros con voces de perros...

La cita abre la puerta a toda una vida, por comprometida, apasionante; una vida que ayer mismo, con 92 años cumplidos, se dejó devorar, aunque resistiendo.Hasta llegar a ese principio, que en realidad es el final, de La liebre de la Patagonia, así se titula la autobiografía, su protagonista recorrió todos los mundos, con sus triunfos y sus horrores, de los que ha sido capaz el siglo XX. Hijo de una familia judía originaria de Europa del Este, pronto conoció los rigores de la pelea. Y del desprecio antisemita.Con 17 años formó parte de la Resistencia en Clermont-Ferrant y hasta luchó con los maquis de Auvergne.Acabada la guerra, estudió Filosofía en Tubinga y de ahí viajó a la Berlín fracturada. Poco más tarde, a principios de los 50, formó parte de la redacción de Les Temps Modernes,la revista que fundara Jean-Paul Sarte y la que acabó por ser su amante Simone de Beavoir. El tiempo le llevaría a dirigirla.




Lo que sigue es una vida de reportero y polemista hasta que descubrió el cine. Y entonces, todo cambió. Su vida y la de todos nosotros. Tras más de una década de preparación y con centenares de horas de rodaje, lo que surge en las nueve horas largas que dura Shoah (estrenada en 1985) es la puntual descripción de lo indescriptible, la perfecta narración de lo indecible.Decía Jorge Semprún que lo verdaderamente traumático del Holocausto es que no hubo testigos. «Nadie podrá decir jamás: yo estuve ahí. De ahí la angustia de no ser creíble». Y, sobre esa aporía, se levanta un atormentado, pausado y brutal ejercicio de memoria.El barbero cuenta cómo cortaba el pelo a los que iban a morir. El superviviente relata el sabor diario de la muerte siempre aplazada. El guardián se ufana del bajo precio de los muertos. El verdugo aún ríe. «La película trata de la muerte», sentenciaba rotundo y hasta iracundo cada vez que le preguntaban por ella. Y, sin embargo, allí no hay cadáveres. «Aquello era un crimen perfecto. Por primera vez en la Historia del hombre, la muerte se convirtió en industria; una industria que aniquilaba, quemaba y eliminaba los rastros», continuaba.

La película fue creciendo. Del metraje inédito surgieron posteriormente Sobibor, 14 de octubre 1943, 16h., El informe KarskiEl último de los injustos.Y así, las tres (a las que habría que sumar sus documentales sobre Israel) acabaron por completar un panorama construido enteramente en la imaginación de un espectador obligado siempre a enfrentarse al relato de un abismo compartido por todos. La primera narra la única revuelta con éxito entre la barbarie nazi, la segunda se detiene en el testimonio de la figura de la resistencia polaca y la tercera se precipita por el laberinto oscuro y resbaladizo de Benjamin Murmelstein, el último presidente del Consejo Judío del campo modélico de Theresienstadt.

A Lanzman le incomodaba que le citaran La lista de Schindler,de Spielberg («Se informó mal. La ficción es una transgresión», decía); le molestaba que se confundieran las víctimas («Por supuesto que hay distintos tipos de sufrimiento»); le irritaba que se intentara buscar en las características del pueblo judío alguna razón para explicar nada («La pregunta '¿Por qué han matado a los judíos?' es de una obscenidad absoluta»); a Lanzmann no le gustaba que le hablaran de La vida es bella, de Roberto Begnini («Qué idiota cree que la vida es bella»). Y entre todos sus cabreos, Lanzmann, siempre iracundo, se negaba a claudicar ante la vergüenza del olvido.

"Le contaré una anécdota", comentó al final de una entrevista. "Tengo un amigo alemán que habla perfectamente francés, pero tartamudeando. En alemán no tartamudea. Al acabar la guerra, su padre fue recluido en el mismo campo de concentración francés en el que acabaron los republicanos españoles. El deseo de venganza es tan grande que le impide hablar correctamente en francés". ¿Entones? "Ahora imagínese el trauma de los otros". Y ahí lo dejaba.

«No sé lo que es envejecer, en primer lugar porque mi juventud garantiza la del mundo», escribe al final de sus memorias. Y le creemos.

Claude Lanzmann: Solo existe la vida
Lanzmann y Sharon en París

 Ha muerto Claude Lanzmann a los noventa y dos años de edad. Cineasta francés de origen judío fue uno de los documentalistas más importantes del siglo XX. En la lista de la revista Sight and Soundsu obra más importante, Shoah(1985), aparece en segunda posiciónsolo por detrás de El hombre de la cámara deVertovShoahes un documental apasionante de más de nueve horas de duración en el que se alternan testimonios de "resucitados" (como llama Lanzmann a los supervivientes de los campos de concentración), planos de los paisajes que rodeaban a dichos campos y entrevistas "robadas" con cámara oculta a algunos dirigentes nazis. Es famoso un travellingdesde el vagón de un tren que pasa junto a un polaco que hace un gesto pasándose la mano por el cuello. Algo así es posible que vieran los que iban al exterminio sin saberlo.

Eso sí, en Shoahno hay ni documentales de archivo ni fotografías de la época porque Lanzmann era un furibundo enemigo de las imágenes que captaron el horror. Un iconoclasta ideológico. Cuando se estrenó en Madrid, en una sala comercial en 1988, un grupo de fascistas organizó una batalla campal a la puerta del cine y al día siguiente hubo que interrumpir otra proyección por un aviso de bomba. Hoy, por el contrario, se ha convertido en un "monumento" de tal prestigio que ha llevado al típico crítico a la tópica petición de hacerlo "de visión obligada en los colegios de cualquier parte para críos de cierta edad". Nueve horas de documental a ritmo pausado quizás no solo sea excesivo para adolescentes acostumbrados más bien a videojuegos que a películas en blanco y negro, sino que el propio Lanzmann propuso ponerse en la puerta de lo cines para preguntar a los espectadores si iban a ver la película por algún tipo de "obligación", y que si la respuesta fuese que sí, él mismo les prohibiría la entrada.

Narcisista en grado sumo, Lanzmann se tenía en muy alta opinión. Y lo cierto es que su curriculum era impresionante: jefe de Les Temps Modernesen tiempos de Jean Paul Sartre, le gustaba alardear de que había sido amante de Simone de Beauvoirunos años (la madura existencialista le escribía "Chéri, mi amor absoluto, mi niño adorado, no hay palabras para describirte mi amor"). Por cierto, vendió este mismo año a la Universidad de Yale las cartas que le envío la filósofa porque las leyes francesas de herencia las pondrían en manos de la hija de la Beauvoir, a la que Lanzmann odiaba. De esas compañías extrajo una manera de discutir tan intempestiva que resultaba vulgar y maleducada, así como unos puntos de vista teóricos desde el punto de vista cinematográfico y político que resultaban fanáticos y superficiales. Por ejemplo, su negativa a mostrar imágenes explícitas del Holocausto que habría que dejar, según él, "en off". Tesis que refutó Alain Resnaisen otro de los grandes documentales sobre el genocidio judío: Noche y niebla. También pretendía que no había que intentar explicar las razones que llevaron a los nazis al poder y a Hitler a cometer el asesinato masivo, como si explicar y comprender fuesen sinónimos de justificación.

Todo ello revelaba una fascinación de Lanzmann por las imágenes al mismo tiempo ingenua y supersticiosa. Lo que le llevó a realizar otro documental monumental. EnEl último de los injustos(2013) Lanzmann charla amigablemente durante más de tres horas con la personalidad poliédrica, fuerte e inteligente de Benjamin Murmelsteinque fue hasta el final uno de los miembros del Consejo Judío de administración del campo que eran tan odiados por los propios judíos que el rabino de Roma le negó el permiso para ser enterrado en tierra judía. Murmelstein se zafa hábilmente del interrogatorio, por otra parte amable, del cineasta francés, que intercala paseos suyos contemporáneos por los lugares relacionados con el campo de concentración o con escenas de la vida judía, como el canto del Yom Kippur, la fiesta del perdón judía. Murmelstein, realista y consecuencialista, pragmático y utilitarista, se compara a sí mismo con un dinosaurio y con Sancho Panza. Al tipo le encanta hablar entre el narcisismo y la prosopopeya. Lanzmann, que no es un prodigio de modestia y humildad, parece contagiarse de la egolatría de Murmelstein y rompe con uno de sus dogmas: dejar que las imágenes hablen por sí mismas y se convierte en co-protagonista de este proceso de beatificación del que fue considerado casi universalmente un demonio.

Ha muerto un día después de que se hubiese proyectado Las cuatro hermanas, testimonios que no encontraron hueco en el original Shoah.
Lanzmann no creía en la "otra vida". Contaba en una entrevista que los judíos del Sonderkommando (batallón de trabajo) de Auschwitzenterraron un diario escrito en yiddish del horror en los campos. Uno de ellos se preguntó por qué seguir viviendo en esas circunstancias terroríficas y se responde: "porque el mundo entero vive. Solo existe la vida". Y precisamente así hizo que titularan en la televisión francesa un documental sobre su vida: "Sólo existe la vida". Ha muerto un día después de que se hubiese proyectado Las cuatro hermanas, testimonios que no encontraron hueco en el original Shoah. Será sin duda un magnífico epílogo a una vida extraordinaria.



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Pablo Kurt
FILMAFFINITY

El francés Claude Lanzmann dirige un impresionante documental de 9 horas y media sobre el Holocausto sin usar imágenes de archivo ni recreacciones de ficción, tan sólo con la narración minuciosa de las experiencias de las víctimas y los testigos. Unas palabras que obligan al espectador a realizar un ejercicio de insoportable imaginación sobre el dolor, el espanto y la degradación humana ocurrida en los campos de exterminio. Unas palabras con el fin último de la reflexión y la memoria, de que el sufrimiento y la ignominia soportadas por las víctimas jamás caiga en el olvido. Es largo, y no es ameno. Poco importa. Es "Shoah", un imprescindible y sobrecogedor documento histórico que traspasa el valor de mero documental.


Películas
Sobibor (2001) 
Un vivant qui passe (1997) 
Tsahal (1994) 
Shoah (1985) 
Por quoi Israel (1972) 

Libros
Le Lièvre de Patagonie, París, Gallimard, 2009 
Alguien vivo pasa, Madrid, Arena Libros, 2005 
Shoah, París, Gallimard, 1997 (con prólogo de Simone de Beauvoir)


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